Lee esta nota de la hna Noelia Gualtieri
En el Hogar Santa Magdalena de Santa Fe, compartir la fe con las niñas comienza mucho antes que con las palabras. Se expresa y se transmite en lo cotidiano, en esos gestos sencillos que van construyendo vínculos y haciendo posible una experiencia nueva de confianza, de dignidad y de amor. La fe se vuelve concreta en una mirada que reconoce, en una escucha atenta, en una palabra, que alienta, en la ternura que sostiene, en la presencia que permanece y también en los límites sanos que cuidan y ayudan a crecer.
Desde nuestro carisma de Amor y Reparación, entendemos que evangelizar es ante todo, cuidar la vida que Dios nos confía. Cada niña llega con una historia, una realidad particular, heridas, capacidades, sueños y necesidades que merecen ser acogidos con respeto y delicadeza. Por eso, compartir la fe supone acompañar cada historia con paciencia, ayudando a descubrir que la propia vida es valiosa, que merece ser cuidada y que, aun en medio de experiencias difíciles, puede abrirse a un futuro nuevo.
En este camino, el cuidado se convierte en un verdadero modo de evangelizar. Cuidamos cuando ofrecemos un hogar que pueda ser espacio de seguridad y afecto; cuando ayudamos a construir hábitos que favorezcan el crecimiento integral; cuando garantizamos una alimentación adecuada, la higiene, la atención de la salud física y mental, la escolaridad y las oportunidades para desarrollar las capacidades y talentos de cada niña. Cuidamos también cuando acompañamos sus emociones, respetamos sus tiempos, celebramos sus logros y les ofrecemos herramientas para crecer en autonomía y convertirse, poco a poco, en protagonistas de sus propias vidas.

LA FE SE COMPARTE EN COMUNIDAD
La fe también se comparte en comunidad y desde una misión compartida. En el Hogar somos un gran equipo: directora, hermanas, celadoras, trabajadora social, psicóloga, psicopedagogas, docentes y laicos que, desde distintas responsabilidades y saberes, ponemos en común nuestra tarea para buscar siempre lo mejor para cada niña. El discernimiento cotidiano nos lleva a mirar cada situación con profundidad, teniendo en cuenta su edad, su presente, sus necesidades, su historia y sus circunstancias. Esta mirada integral también es una forma de Amor y Reparación: reconocer a cada niña en su singularidad y ofrecerle aquello que necesita para crecer y reconstruir su historia.
En el diario vivir vamos haciendo realidad el sueño de Madre Catalina, que hoy podemos expresar en acciones concretas: prevenir, proteger, evangelizar, humanizar y capacitar. No se trata solamente de atender necesidades inmediatas, sino de acompañar procesos que permitan a cada niña descubrir sus posibilidades, fortalecer su autoestima, desarrollar sus capacidades y proyectarse hacia un futuro en el que pueda ser promotora de cambios en su familia y en los ambientes donde se desenvuelva.
Desde esta perspectiva, evangelizar significa abrir caminos para que cada niña pueda encontrarse con el amor de Dios en su propia historia. A través de la oración, de las celebraciones, de los tiempos compartidos y de los pequeños signos de la vida cotidiana, buscamos acercarlas progresivamente a una experiencia de Dios que no juzga ni abandona, sino que acompaña, sostiene, perdona y siempre ofrece una posibilidad de recomenzar. Queremos que puedan descubrir que Dios las mira con amor y que su vida tiene un valor y una dignidad que nadie puede quitarles.
El Amor y Reparación se hace entonces vida en un proceso que no alcanza solamente a las niñas, sino también a sus familias. El acompañamiento busca reducir los factores de riesgo, fortalecer los vínculos, revalorizar el lugar de la familia y generar condiciones que favorezcan relaciones más sanas y protectoras. Reparar no significa borrar lo vivido, sino acompañar para que aquello que ha herido no tenga la última palabra y pueda abrirse un camino de transformación y esperanza.
Y hay algo profundamente significativo en esta experiencia: las niñas también evangelizan nuestra propia vida. Ellas no son solamente destinatarias de nuestro carisma; son, muchas veces, un signo vivo de él. Sus historias, sus preguntas, sus luchas, sus alegrías y sus búsquedas nos interpelan y nos llevan nuevamente a lo esencial. Cada niña nos recuerda por qué estamos allí y nos invita a renovar nuestra entrega.
En cada una de ellas sentimos, de un modo muy particular, la presencia de Madre Catalina. La sentimos cercana en esa mirada que no pasa de largo frente al dolor, en esa capacidad de reconocer una necesidad y responder con amor concreto, en ese deseo profundo de cuidar y dignificar la vida. Por eso, podemos decir que las niñas no solamente reciben el carisma: también nos ayudan a comprenderlo y a vivirlo con mayor hondura.
En el Hogar, compartir la fe es, en definitiva, hacer visible el amor de Dios en una experiencia concreta de cuidado, protección, dignificación y esperanza. Es anunciar con la vida que cada niña es amada, que merece ser cuidada, que tiene capacidades y posibilidades, que su historia no está determinada por sus heridas y que siempre existe la posibilidad de volver a comenzar.
Así, el carisma de Amor y Reparación se vuelve presencia cotidiana: un amor que acoge, una reparación que acompaña, una fe que se encarna y una esperanza que ayuda a mirar hacia adelante. Y en ese camino compartido, niñas, familias, hermanas, profesionales y laicos vamos descubriendo que también nosotros somos transformados por la vida que tenemos la gracia de acompañar.

Soy la Hna Noelia Gualtieri, ECJ. Viví en Bénin, y actualmente estoy en Santa Fe. Soy profe y coordinadora de la pastoral del colegio y en el Hogar Santa Magdalena








